Alfonso Vázquez
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Don Quijote y el retablo de maese Pedro. Gustave Doré (1832-1883)

Andan estos días los titiriteros de España revisando sus libretos, no se les vuelva en contra algún cachiporrazo sobre la cabeza de la autoridad. Si antes se sacudía a un guardia abusón, ahora solo se llevan la mancuerna los parias, los sin casa, los de siempre, los con cara de proscritos, los rastas y los vagamundos. Los facinerosos, estafadores, cómplices y corruptos, pues no llevan el sello de la maldad en la cara, quedan protegidos por el pueblo de Madrid, los agentes de la autoridad y la Audiencia Nacional. Si antaño sobre el cura, hoy solo sobre el bandolero, la bruja, la víctima fácil. El espectáculo no varía: la cachiporra repasa a los culpables, el bien triunfa sobre el mal y se produce la catarsis. Qué espectáculo tan sencillo tan sacado de contexto.

Max Estrella también pasó una noche en el calabozo y sí que hizo apología de la escabechina: ‘Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol’ (Luces de bohemia, escena sexta; 1924). Claro que Max Estrella es un personaje, un poeta ciego y anarquista enfrentado a la autoridad, humillado, creado así por otro personaje: ese gran don Ramón de las barbas de chivo.

Nunca se permitió volver la cachiporra sobre los que mandan, que están para decir quiénes son los de siempre. Por eso ahora el aviso de Ismael Moreno, expolicía, juez de la Audiencia Nacional, para que los titiriteros aleccionen a sus títeres de cabecita de pino.

Afirman quienes han visto la obra y no han perdido ni los nervios ni el juicio que ‘La bruja y don Cristóbal’ contiene cuatro palizas: el propietario de la casa donde vive la bruja trata de aprovecharse de la situación, y la bruja lo mata, pero queda embarazada; la monja quiere robar a la bruja su recién nacido, pero la bruja vence y la monja muere; entonces el policía le da una somanta a la bruja, la deja inconsciente y coloca una falsa prueba: el famoso cartel ‘Gora Alka Eta’; finalmente, el juez condena a la horca a la bruja, pero esta se zafa y consigue que el juez se cuelgue a sí mismo.

¿No es un argumento para niños? Si no lo es, no será por su violencia, a juzgar por otros muchos espectáculos ultraviolentos clasificados para niños. No es infrecuente que el espectáculo no deje títere con cabeza, como una muñeca sin ojos en el cuarto de un niño.

En ‘Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita’ (1931; obra para niños y mayores), don Cristóbal, garrote en mano, vapulea a la señá Rosita cada vez que pare, pues ninguno de los retoños se parece a don Cristóbal, ‘cornudo de tomo y lomo’, quien compró a su cónyuge. ¿Procesaría el juez Ismael Moreno a Federico García Lorca por enaltecimiento de la violencia de género?

La violencia del títere no cataliza la reacción del adulto ofendido ni la del juez celoso. Les mueve, en cambio, una interpretación pueril y deliberadamente falsaria de lo que afirman que ha sucedido en la ventanilla de los títeres en Tetuán. ¡Pulcinella, padre de todos los títeres, debes de estar regocijándote con el espectáculo: la autoridad reacciona como si el garrotazo simbólico le hubiera alcanzado un juanete!

No es difícil hacerse a la idea. Los ofendidos han visto símbolos y han visto a Alfonso Lázaro de la Fuente y a Raúl García, y no han querido ver que entre los símbolos y los titiriteros hay un argumento y unos muñecos de madera y trapo. Es cierto que hay detrás una mano que los mueve, pero con la pretensión de representar el conflicto del mundo, no con la de dar vivas a ETA.

También don Quijote arremete contra el retablo de maese Pedro. Interrumpe la representación para defender la honra de una reina en Avellaneda y para ayudar en el rescate de Melisendra. No distingue el cuerdiloco la realidad de la fantasía. Pero el caballero del XVII perdió el juicio y le mueven altos ideales. Al del XXI, que obra de manera harto más estúpida, solo le mueven la inopia y la inquina. Cuanta Menéndez Pidal, a propósito de este episodio, que ‘la alucinación ante un espectáculo teatral era tema vulgar de anécdotas populares’ (De Cervantes a Lope de Vega, 1948).

Si hay alguna apología en ‘Don Cristóbal y la bruja’ es la de los falsamente acusados: la bruja a quien un policía encaloma un cartel incriminatorio. Así, Alfonso y Raúl se han convertido en la bruja de su creación: les han endilgado el cartel que formaba parte del espectáculo y los han convertido en brujas.

Tomémoslo en serio, pues solo a las marionetas cabría imputar las acusaciones del juez en el caso de que tuvieran algún sentido: veamos si la bruja, el propietario, el recién nacido, la monja, el policía o el juez son realmente culpables de enaltecimiento del terrorismo.

EL JUEZ: ¿Tuvo usted, señora bruja, la intención de defender con sus palabras o con sus actuaciones el terrorismo de ETA o el terrorismo yihadista?

LA BRUJA: ¿Mande?

EL JUEZ: Que si tuvo usted…

LA BRUJA: Mire, aproxímeseme una miaja y hábleme por la siniestra, porque los palos de la madera canalla me han dejado tapiales del otro lado, prenda.

EL JUEZ: Llévensela, quítenle el niño, córtenle el pelo al cero, desnúdenla, embadúrnenla con miel y plumas. Esta gente nunca aprende. El siguiente.

EL PROPIETARIO: A mí me han muerto, señoría. Fui a por lo mío y me aniquilaron. Y de paso la bruja me violó y se preñó.

EL JUEZ: Usted se va a quedar aquí, a mí lado. Es usted un hombre de sentido común. Se le nota en la manicura.

EL PROPIETARIO: Gracias, señoría.

EL JUEZ: No me replique. El siguiente.

LA MONJA: Ay, el niño en manos de aquella bruja. Por más que lo intenté, me lo llevó. Aún pude quedarme con uno de sus deditos, que se desprendió porque la otra tiraba mucho. También estoy muerta.

EL JUEZ: Usted es un testigo de calidad. ¿Le manifestó la bruja en alguna ocasión su simpatía por la banda terrorista ETA y/o por Al Qaeda y/o por el Estado Islámico y/o por el terrorismo yihadista en su conjunto?

LA MONJA: ¿Es que había de manifestármelo? ¿Acaso no es bruja? ¿No lo dice ya todo la misma palabra?

EL JUEZ: O sea, que se lo manifestó. Acabáramos. Vamos a escuchar a los siguientes, aunque con esto ya es más que suficiente.

EL POLICÍA: ¡Ja! No se me escapa ni una. Na más la vi, lo supe. Coser y cantar. La aplaco, la tiro al suelo, le pongo la rodilla en el pecho, le toco las tetitas por si lleva algún arma, la asfixio y, en unos minutos, como una seda. Saco la cartela con el Gora ETA y listo.

EL JUEZ: Bien hecho. Menos trabajo para los jueces.

EL POLICÍA: Al principio íbamos a poner Gora Al Qaeda, pero lo vio el sargento y me dijo que si estaba tonto o qué, que pusiera lo de siempre, por eso salió lo de Gora Alka Eta.

EL JUEZ: Ha dicho suficiente. Que pase el siguiente.

EL COLEGA DEL JUEZ: (Viste toga desarreglada y una soga al cuello, que le cuelga como una corbata). Esa furcia engañadora, sucia bruja, fui víctima de un conjuro, ¡a la hoguera!

EL JUEZ: Para esto estamos.

(El Juez alza el mazo y se dispone a pasar a otro asunto cuando interrumpen los titiriteros).

TITIRITEROS: (Atropellándose, aplebeyados) ¡Oiga, oiga! ¿Y nosotros?

EL JUEZ: A vosotros se os conoce por los andares. ¡Visto para sentencia!

(Caen el mazo y el telón).

FIN

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